Nota para un estudiante japonés

Se cumplen cuatro años del fallecimiento del historiador Osvaldo Bayer. Hace varios años atrás, en una charla en el aeropuerto de Comodoro Rivadavia, comentó un incidente que vivió en Cuba y el temor que le quedó por lo ocurrido.
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La anécdota, que para él tenía una significación especial, la contó en una mesa de la confitería del aeropuerto de Comodoro. Junto con un colega amigo (Marcelo García) lo habíamos pasado a buscar al hotel de SUPE, donde se había alojado más que contento luego de observar la vista al mar y la tranquilidad del lugar.
“Eso me gusta de la Patagonia -nos dijo-, el silencio, la tranquilidad”.
Eso, entre otras tantas cosas por supuesto, no en vano pasó muchos años aquí trabajando, investigando, luchando. Después de un desayuno nos fuimos los tres para el aeropuerto. En ese entonces yo tenía un Duna, y don Osvaldo se sentó adelante para mayor comodidad, ya le costaba caminar. Fue cierto mes todavía fresco pero no nevado del año 1.999, había venido para conmemorar un nuevo aniversario de la lucha de la Patagonia Rebelde, como él la llamó, con un homenaje en Jaramillo a Facón Grande. Facón “Largo” como le dijo el entonces secretario general de la CGT, Rodolfo Daer quien también arribó para el homenaje. “Pobre”, dijo don Osvaldo al enterarse de los dichos. Con esa palabrita significó todo. Pero me estoy yendo de tema. Lo que pasa es que a veces los detalles dicen mucho, aunque no sean directos con el eje central.
Así era don Osvaldo.

Volvamos a la mesa de la confitería. Estábamos los tres. Periodistas los tres, aunque dos nos sintiéramos como nenes en su primer día de colegio: chiquititos al lado del maestro.
La cosa empezó más o menos así: “A Cuba no puedo volver por un malentendido. Yo, que apoyo la causa desde siempre. Sucedió que un día viajé invitado a Cuba para entrevistarme con el propio Ché. En ese tiempo estaba viviendo allá Rodolfo (Walsh) con Piri Lugones, una militante muy comprometida pero hija de un militar, un tipo que había sido torturador acá en el país. Rodolfo estaba hace tiempo allá y no había tenido la oportunidad que tenía yo. Su compañera era bastante confianzuda. Al otro día que llegué me reuní con ellos, me invitaron a comer. Le conté a Rodolfo que me iba a reunir con el Ché y se puso muy contento. Ahí nomás Piri se me empezó a colar diciendo que me iba a acompañar. Yo le expliqué que no la podía llevar, que la invitación era personal. Pero hizo como que no me escuchó. A las seis de la tarde me despedí. A las ocho tenía que ir al lugar que me citaron. La compañera de Rodolfo se me coló, a pesar de mis explicaciones no la convencí. De todas maneras estaba seguro que no la iban a dejar entrar. Cuando íbamos para allá, no se por qué razón, se armó una balacera por el lugar donde justo pasábamos y quedamos en el medio. Tirados en el piso, para cubrirnos. Así pasamos un buen rato. Cuando pudimos salir de todo eso ya era tarde. Yo llegaba tarde a ver al Ché y ella pegada a mí. “Vamos loquito”, me dijo. Llegué todo sucio y corriendo. Me presenté y me hicieron pasar. La entrevista, junto al grupo de personas invitadas ya había empezado. Fueron unas horas maravillosas, dialogando, intercambiando ideas. El Ché tenía un discurso fenomenal. Piri había logrado su objetivo, había pasado conmigo. Le dijo al de seguridad que era mi mujer, que veníamos juntos. Al otro día ocurrió lo inesperado. Cayó al hotel la gente del Servicio de Cuba. Me registraron a mí y mis cosas y me llevaron detenido. Estaba en una oficina sin saber qué pasaba hasta que entró un morocho grandote. Bien grandote. Me dijo que se me acusaba de intentar atentar contra el Ché. Pensé que era una broma, pero no. Hablaban en serio. Me preguntaban quien era la mujer. Les expliqué, pero no los convencí demasiado. Averiguaron y vieron que lo que les decía era cierto, pero ya era tarde.

Rodolfo y Piri se fueron al tiempo de Cuba. Yo, luego de muchas gestiones, no quedé detenido, pero en los documentos del Servicio quedó esa mancha: que quise atentar contra el Ché. Y todo fue porque aquella confianzuda se coló, entró sin autorización. A partir de ese incidente, nunca más pude entrar en Cuba. El gordo Soriano me hizo contactos en una oportunidad, pero saltó el incidente y le dijeron que no. Eso fue en dos oportunidades, tocando gente importante; hasta uno de ellos me dijo que no podía creer lo que había pasado “Chico, esto no puede ser. Yo te aseguro que podrás entrar”. Pero a pesar de sus propias gestiones, tampoco fue posible. Y así hubo un par de intentos más, que ni siquiera me entusiasmaron ni pedí, porque sabía lo que iba a pasar. De todas maneras yo sé muy bien que no intenté atentar contra el Ché pero el hecho quedó en los documentos, y solo pienso en un estudiante japonés al que en el año 2050 se le ocurra hacer una investigación sobre Cuba y el Ché y un día tenga acceso a esos documentos y vea mi nombre allí y mencione en su tesis que un periodista argentino, llamado Osvaldo Bayer intentó atentar contra Guevara. No es justo”.

Nos miramos, y la anécdota, que en algunos tramos nos causó gracia, también nos dejó ese placer casi morboso de enterarnos de uno de los miedos de don Osvaldo. Tal vez una pavada para muchos, pensando que ya no estaría vivo para esa época, pero que no hacía más que pintar la integridad de una persona y su preocupación por la constante verdad. Años después finalmente pudo regresar pero perdura la duda. Donde habrá ido a parar ese informe ¿se habrá perdido, lo habrán destruido, estará guardado bajo llave, lo habrán olvidado en algún cajón de un escritorio ya abandonado, le habrán agregado una hoja mas eximiendo a Don Osvaldo de todo cargo?
“Si Usted se cruza con un estudiante japonés, por favor cuéntele esto, sería justo que sepa la verdad”, nos dijo esa mañana en el aeropuerto.
(Víctor Amigorena-Correciones: Gustavo Calderón)